Mucho tiempo pasó desde la última vez que dormí en una carpa, desperté sintiéndome raro, porque estaba en un lugar agradable pero desconocido. Poco a poco iba dándome cuenta que lo que tanto soñé lo estaba viviendo, entonces salí, mire alrededor y con los ojos inflamados por dormirme llorando, sonreía lentamente.
Con Joaco prendimos la anafe, tomamos unos mates y de a poco fuimos levantando campamento, veníamos de un día muy positivo, todo había salido no como planeábamos, pero si de maravillas.
Una vez cargadas las mochilas empezamos a caminar hacia la ruta, ahí hicimos dedo después de caminar un tramo largo, la verdad que a medida que pasaba el tiempo íbamos dándonos cuenta que no toda aventura debe ser positiva, pasaron dos horas desde que iniciamos hasta que por fin a lo lejos se veía a una mujer levantando los brazos, agarramos las mochilas y de la alegría que teníamos no pesaban nada. Nos acercamos caminando, pero apurados casi corriendo y eran dos señoras que la verdad fueron como ángeles porque ya nuestras cabezas al rayo del sol sentían el cansancio y la frustración por no poder lograrlo de fácil como el primer día. Pero llegaron y ya estábamos arriba del auto viajando felices otra vez.
No siempre las cosas salen como las planeas, por más ideas que tengas cuando empezas a moverte siempre terminas sorprendiéndote.
Nos acercamos a un pueblo que se llama Picún Leufú. Les agradecimos y les deseé que reciban el doble por habernos hecho semejante favor.
Una vez ahí volvimos a la pista, que hacemos?
-Cruzamos y comemos algo?
Le digo a Joaco y ni lo dudó, comimos algo, nos hidratamos y ya estábamos listos para seguir.
El problema era que nuestra idea siempre fue arrancar por san Martín de los Andes para así, ir bajando y conocer todo en fila por la ruta 40 conociendo el famoso camino de los 7 lagos.
Desde la estación de micros solo salían para Bariloche, lo pensamos, lo hablamos y tomamos la decisión de agarrar ese camino, queríamos salir de ahí, es un pueblo donde el viento no frena jamás, solo sopla constantemente y es irritable la verdad.
Despues de parar en ese pueblo toda la tarde, 19y30 estábamos rumbo a Bariloche, cuánta emoción! porque por más que no era nuestra idea, las cosas se iban dando así y dejamos que pase. Pudimos comprar comida y algunos frutos secos, cargamos las botellas con agua, estábamos bien otra vez, lo de atrás ya era anécdota sin saber que a Bariloche íbamos a llegar a las 00hs.
Apenas bajamos joaco había perdido el celu y un hombre muy amable se acercó y se lo devolvió, hubiera cambiado todo porque dependíamos más de su celu que del mío, entonces todo quedó ahí, ya lo teníamos otra vez.
Nos abrigamos bien ya que veníamos de un pueblo que a parte de viento también hacía calor y empezamos a caminar rumbo al centro de la ciudad, buscando donde dormir, ir a un camping ya era imposible, la única opción era un hostel cosa que no pudimos conseguir.
Llamamos a montones y todos estaba ocupados, la ciudad estaba llena de gente de todas partes y como nosotros, había montones.
En un hostel al cual le teníamos fe nos acercamos pero tampoco tuvimos suerte, mí celu se había apagado y si perdíamos el de Joaco estábamos en el horno.
La cosa es que teníamos que dormir, empezamos a mirar a una plaza con amor y ahí fue cuando se acercó un muchacho y le pregunté si había problemas en dormir ahí, ya que él era residentes y nos recomendó subir, subimos no se cuantas cuadras, paralelo a esto nosotros sólo pensábamos en dormir y al mismo tiempo en plena oscuridad estábamos desconcertados, en un lugar donde no conocíamos y las calles se iban encogiendo, nos acercamos a una zona lejana a la ciudad, una vez arriba cansados y sorprendidos por la ciudad, por sus calles se nos acercó otra vez el chico que nos recomendó subir y nos dijo que si seguíamos había una bajada y había un bosque.
Agradecidos y ciegos bajamos. La calle en picada de más de 100 metros de largo, las mochilas cargadas, cansados del sol en la ruta, el viaje de 4 hs en micro, todo era una carga hasta que llegamos al lugar. No sé si dije que solo queríamos dormir.
Asombrados por la oscuridad que a las linternas las hacía parecer velas, pudimos armar la carpa.
Era una escena de terror, solo se escuchaba el viento y las ramas finitas quebrándose.
El objetivo estaba logrado, estábamos a punto de dormir, agradecidos al muchacho que conocimos, pudimos cerrar los ojos y descansar.
Minutos antes de dormirme me di cuenta otra vez que estábamos viviendo la aventura que vinimos a buscar.
La mochila, la carpa y la calle te hacen sentir tan vivo, que en el momento que lo vivís no sos consciente de las decisiones que tomas.
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